DE AMOR Y DE RABIA

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Ganadora del premio del Jurado en el pasado festival de Cannes la última y mejor película de Robin Campillo “120 pulsaciones por minuto” una obra maestra del cine moderno, del cine político, del cine LGTB y del cine europeo en general. Una de las películas más valientes rodadas en los últimos años y el testimonio más agerrido sobre el nacimiento y el activismo de Act-Up París, Aids Coalition to Unleash Power, un tipo de activismo anti-sida, hoy casi olvidado o relegado a un segundo plano, que se enfrentó a la inacción inicial de los poderes públicos, la avaricia farmacéutica, el poder médico, el conservadurismo de ciertos sectores sociales, al silencio y el estigma y dio la voz a una serie de grupos a los que no llegaba la información haciendo de la lucha contra la pandemia una cuestión social y política con la que llenaron las calles de acciones de concienciación y protesta, algo recogido por las imágenes de la película. Un filme sobre la memoria, el amor y la rabia rodado con extraordinaria solidez narrativa y franqueza expositiva dosificando la dureza y la ternura aunque con pocas concesiones a la galería, y desafiando más de un tabú aún hoy vigente en muchos lugares del mundo de forma más o menos solapada.

 

 

Una película que tocará de distinta manera al público dependiendo de su edad o sus recuerdos personales con respecto a lo que en ella se cuenta pero que es difícil, dada su indiscutible altura cinematográfica, desde la ágil puesta en escena al inmenso trabajo de protagonistas y secundarios, deje indiferente a nadie. Una historia de historias que pocas veces se ha contado tan de cerca y desde dentro, incluyendo escenas casi documentales o documentales de manifestaciones, acciones de protesta, sexo seguro y funerales políticos. Un filme con alguna tentación por el melodrama y el didactismo, que tal vez abusa del montaje alternado y cierto efectismo pero que logra evitarlos gracias a la sabiduría del realizador y los guionistas que depositan la confianza en los jóvenes intérpretes y en la fidelidad a lo sucedido, a todas las contradicciones y desgarros que también surgieron dentro del grupo de activistas enfrentados entre sí y, sobre todo, a instituciones impermeables a sus demandas de vida, atenciones y esperanza. Un filme de combate, pasión y de recuerdos, compuesto como una sinfonía urgente de verdades y silencios, con una respiración entrecortada, un testimonio desgarrado que sigue golpeándonos con fuerza y del que, aún hoy, cuando tanto se habla de normalización y se trata de domesticar los discursos y correr tupidos velos, sigue llegando con idéntica fuerza. Cine en estado puro y un pedazo  de historia contado desde las trincheras del amor y la cólera.

 

 

 

 

Encabezando casi todas las listas de películas favoritas los cinéfilos LGTB al hablar de las mejores películas del año, “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo es además de una obra maestra planificada con ritmo e inteligencia un recordatorio de los inicios de la lucha contra el SIDA cuando las autoridades con su irresponsabilidad, intereses e inacción dejaban morir a gays, inmigrantes, prostitutas, personas sin recursos… Sin infravalorar por ello la labor que hoy realizan Comités y Asociaciones Antisida alguien tenía que contar que al principio la lucha contra el SIDA fue una batalla política  de primer orden contra los prejuicios, la avaricia y la ignorancia desde diferentes instancias políticas y médicas en el poder. El guionista Phillipe Mangeot miembro activo de Act-Up París ha contado sin medias tintas la verdadera historia del origen nada plácido de una lucha y Robin Campillo (sin una filmografía destacable hasta esta inmensa película) ha mezclado el drama social, el fresco histórico, el melodrama irónico y el filme de memoria de un combate. Y lo ha hecho con un montaje brillante, con una gran cantidad de información y con un reparto impresionante, en el que algunos de los intérpretes vienen de las filas de la propia organización. “120 pulsaciones por minuto” nos muestra sin ambajes ese punto de inflexión que fue luchar contra el SIDA era luchar  contra el silencio, la homofobia, el machismo, la xenofobia… El filme grita alto y alcanza tintes épicos gracias a una cuidada composición de las secuencias y a una progresión geométrica de los elementos dramáticos de su trama. Es por eso una mezcolanza de ficción y documental, de tragedia y comedia, de cine social y de cine intimista, sin miedo hacia el homoerotismo ni las verdades que entonces se silenciaban. El hecho de que el excelente trabajo de Robin Campillo haya calado tan hondo en los cinéfilos es que cuenta de manera magistral la historia de una batalla que se ha querido relegar al olvido. Apelando a diferentes generaciones de espectadores estamos ante un filme que hace pensar, sentir y recordar.