GINGER Y ROSA de Sally Potter: Un poema sobre el futuro

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         Algunas espectadoras la han encontrado adorable, otras pedante, algo relamida e incluso pacata, pero Ginger y Rosa (2012) nos devuelve al ambiente realista del cine inglés de los años sesenta y a un mundo de incertidumbre, amor, tensión familiar y búsqueda desesperada de la autenticidad que cristalizan en el personaje principal, una esforzada interpretación de la joven promesa del cine actual Ellen Flaming, en su mejor interpretación hasta la fecha. La última película de la realizadora Sally Potter ("Rage"), responsable de una fascinante aunque algo fría adaptación de la novela “Orlando” de Virginia Woolf, trasciende la etiqueta de cine lésbico (un término que debería empezar a utilizarse en plural: "cines lésbicos") en favor de un cuento social hermoso y cruel sobre la adolescencia y la lucha por los ideales en un mundo alienado, jerárquico y heteropatriarcal.

 

 

 

 

La película es también el afilado retrato de una época y de una etapa vital, la adolescencia, de la que pocos y pocas  pueden salir totalmente indemnes
Realizadora británica surgida de la contracultura del momento y del contra-cine feminista de los 70 (Thriller, 1979) junto a Laura Mulvey, Sheila McLughin, Barbara Hammer o Chantal Akerman, Sally Potter cogió el testigo de Derek Jarman con su exquisita versión de Orlando, de Virginia Woolf, protagonizada por la camaleónica y comprometida Tilda Swinton, siempre dispuesta a dar la cara por los derechos LGTB. Aunque, sobre todo en su primera parte, Ginger y Rosa es una sencilla historia de amor y amistad, unión, rivalidad y desamor entre dos chicas muy jóvenes, es también el afilado retrato de una época de transición en muchos aspectos y dimensiones.

 

Potter se atreve con el material inflamable que tiene entre manos y, a pesar de algún que otro episodio algo apagado, logra devolvernos a la Inglaterra de Terence Davies, Jeannette Winterson (y su autobiografía ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?) y los “jóvenes airados” y el free cinema de los 60 con sus cocinas, sus bañeras, sus pequeños apartamentos, sus paisajes fríos e incluso heladores y su atmósfera a la vez cálida, irónica, crispada y melancólica que marca la transición del provincianismo de los cincuenta a las ansias de libertad de la nueva década con sus pequeñas pero significativas y siempre inacabadas revoluciones.

 

El último y más convencional formalmente de los filmes de Potter es un drama en el que las chicas no encuentran la felicidad como pareja, aunque deja una esperanza en el porvenir, y es una crítica de los valores que las han marcado para siempre. Hielo y fuego interior, desafío a valores caducos y reivindicación final de un amor que no quieren ocultar, a pesar de los modelos heterosexistas que se les ofrecen dentro y fuera de esas pequeñas casas. La guerra nuclear y la amenaza de los misiles rusos o estadounidenses parecen más una metáfora que una amenaza real; una metáfora sobre la necesidad de Ginger –la verdadera protagonista del relato– de enfrentarse a un mundo que no puede cambiar ni comprender del todo, que ama y odia a la vez, que lucha por cambiar pero que la atrapa en sus miserias cotidianas. Un mundo de falsos profetas, madres dominantes o doblegadas, padres imprevisibles, ególatras o distantes, ciudadanos impasibles y violentos policías. No obstante, su inteligencia y su sensibilidad (como la inteligencia y la sensibilidad de Potter) le impiden fracasar del todo en sus batallas íntimas por la autorrealización y la sinceridad en un mundo de mujeres sujetas a las apariencias y de hombres a la deriva.

 

Gracias al trabajo de actores y actrices, jóvenes o mayores, y a su aproximación reflexiva a los mundos interiores de los personajes, el filme toca la fibra sensible del espectador y choca con el cine comercial al uso. Como chocan el amor y la pasión, el dolor soterrado y la alegría pasajera, la resignación y la aventura por cambiar las cosas del personaje encarnado por Ellen Flaming, uno de los grandes nombres de la nueva generación de intérpretes anglosajones. Grandes espacios abiertos y pequeñas estancias de aire falsamente “hogareño”, ideas elevadas y sentimientos doloridos son el soporte de una película delicada, afilada, tensa y tierna que, aunque busca con demasiado ímpetu conmover, logra hacerlo por la inteligencia, sutileza y meticulosidad que hay a un lado y otro de la cámara. Una película que se vuelve necesaria ante la renovada prepotencia de nuestros gobiernos y la inconsciente beligerancia de los que hoy dirigen el mundo. Un poema sobre el futuro.