LA SABIDURÍA DE LOS COCODRILOS: FLUIDOS CEREBRALES

Tiempo de lectura: 5 mins

 Por Eduardo Nabal y Juan Argelina

  

Mientras la desesperación de muchos aún no es suficiente para acabar con los mitos del liberalismo, y el cadáver del capitalismo se exhibe como al del Cid Campeador, en medio de una realidad sangrante de centros comerciales cada vez más desiertos, o más bien plagados de jóvenes sin futuro, destructores del sueño (ahora pesadilla) americano basado en un eterno espejismo consumista, la película “Amanecer de los Muertos” (2004), de Zack Snyder, remake de “Zombi (Down of the Dead)” (1978), del ya legendario George A. Romero, representa, junto a la tremenda serie británica “Dead Set” (2008), la ironía de una profecía cumplida: las señales sobre las nefastas consecuencias de la estupidización social, ligada al individualismo consumista a través de una manipulación masiva de los “mass-media” a lo largo de las pasadas décadas, se han hecho realidad hoy día. Más refinada es “Martin” donde el mítico realizador de “La noche de los muertos…” nos presenta a un joven hipersensible al que le hacen creer que es Nosferatu. Según este filme “No se nace vampiro…se llega a serlo”:  Guy Debord se debe estar removiendo en su tumba. Su mordaz análisis sobre la “sociedad del espectáculo” ha demostrado ser más elocuente que cualquier manifiesto político revolucionario venido de una “izquierda” demacrada. El mismo aparato comercial hollywoodiense (ahora llevado a producciones europeas financiadas por Universal Pictures) no puede ignorar el problema, y trata de nuevo de lavarnos el cerebro con títulos como la más vulgar  “Lucy”, de Luc Besson, que, siguiendo los pasos de “Sin Límites” (2011) de Neil Burger, abunda en la pseudociencia divulgativa sobre el uso limitado de las posibilidades de nuestro cerebro. En un guión burdo y absurdo se nos presenta un panorama del ser humano incapacitado para razonar y entender su propio cuerpo. Cuerpo al fin y al cabo inútil si se cumpliera la “utopía” del 100% de funcionamiento de la capacidad cerebral según sus ridículas premisas. Los estudios sobre el cerebro humano se han puesto de moda. Pero yo soy un desertor de la madre ciencia y sus ciegos discípulos. Por eso quiero explicar que los cerebros no son simples máquinas y que estudiarlos separados del resto del cuerpo es un absurdo típico de la clase médico-científica, presentándose siempre como aséptica cuando no como una “ciencia exacta”.  Pero la cosa se vuelve complicada cuando se cae en el determinismo o en reforzar desigualdades. Así, ante mi estupefacción, gente que estudia sexología busca libros trillados sobre “El cerebro masculino” o “El cerebro femenino”. También se dan explicaciones sobre las enfermedades, sobre falta de sustancias, y eso es un saco sin fondo para las ganancias de la industria farmacéutica: a ti te falta serotonina, a ti te faltan endorfinas, a ti te sobra adrenalina. Deleuze hubiera nadado de felicidad o indignación en esta piscina, pronto océano de líquidos y glándulas que él llamaba maquinas deseantes cuando todavía no era casi delito de opinión vincular el capitalismo con la esquizofrenia en vez de con la genética.  Y al fin y al cabo ¿para qué serviría ese uso total de la maquinaria cerebral? En “Sin Límites” hallamos la respuesta: El personaje protagonizado por Bradley Cooper se convierte en el más agresivo y efectivo tiburón de Wall Street, y todo acaba en una cuestión de mafias, al igual que en “Lucy”, un verdadero despropósito.

 

 

Mas interesante es “La sabiduría de los cocodrilos” (1998), del realizador oriental Po-Chih Leong. En el filme, desde el principio, casi sabemos que un jovencísimo Jude Law es un vampiro bastante sofisticado. Al trabajar en un hospital, puede proporcionarse con facilidad algunas cantidades de sangre de los pacientes, pero necesita algo más. El mero líquido vital no es suficiente para regenerarse. El vampiro necesita ser amado, sentir la energía de sus víctimas, que suelen ser mujeres jóvenes, a las que seduce dándoles un número de teléfono que usa expresamente para su labor de caza y captura. Una vez absorbida, el ser regresa a su frialdad inicial: como si de un asesino psicópata se tratase, oculta meticulosamente las huellas de su crimen, que después observa cual testigo casual. La violencia de la escena inicial, donde se nos muestra el escenario de un “accidente” en el que una de sus víctimas aparece atrapada en un vehículo incrustado en la copa de un árbol, contrasta con el distanciamiento de ese personaje (magnífico el momento en el que le caen varias gotas de sangre de la víctima mientras observa desde abajo en un elegante picado), que vive en un confortable apartamento convertido en museo de recuerdos de sus víctimas, a las que analiza cuidosamente, también retratos y libros que pueden dar algunos indicios de sus actividades privadas. No sé si hoy día los médicos acomodados seducen a sus pacientes (como Antonio Banderas en “La piel que habito” o Jeremy Renner en “El amante doble”), ni lo quiero saber, pero él no las recibe como “profesional de la medicina”, sino como ese chico guapo y errabundo que se encontraron por casualidad y se sentaron a tomar un café. A diferencia de los productos industriales tipo “Sin Límites” o “Lucy”, “La Sabiduría de los Cocodrilos” nos muestra la fragilidad de los sentimientos. Si el 100% del cerebro de “Lucy” conduce a la insensibilidad y, de forma increíble, a la lucha por la supervivencia en un juego macabro de regreso al instinto primario, el vampiro de “La Sabiduría” ofrece su propia vida a cambio del amor. El cazador se ha convertido en presa de su propia consciencia. ¡Qué diferencia de interpretaciones sobre el concepto de evolución! “Lucy” se convierte en un pen-drive, en algo así como un dios del mundo virtual que nos rodea, y en el que nos vemos  atrapados como en una telaraña, mientras que el personaje de Jude Law decide suicidarse, dejar libre a su última víctima, y acabar con el ser frío, calculador, insensible y mentiroso que lleva dentro.